Announcement: Cómo se vuelve a construir una Patria

Yo soy madre soltera. Así, sin vergüenza y sin orgullo. Así como es, nomás. Hace casi diecisiete años que llevo adelante, como puedo, un hogar monoparental. Hace siete años que puedo un poco mejor.

¿Hubiera querido otra cosa? Seguro. Me hubiese encantado formar una familia que encajara en los cánones que impone el mandato social, qué voy a hacerme la progre. Un marido, dos o tres hijos, una casita, un perro, ¿por qué no? Las contingencias de la vida y algún resorte íntimo que no voy a ponerme a analizar, determinaron lo contrario. El padre de mi hija se borró olímpicamente y no le dio ni el apellido. Corrientes tiene payé y algunos hombres que no se hacen cargo de sus actos.

Cuando confirmé embarazo, perdí uno de los tres trabajos (en negro) que tenía. Los otros dos significaban un ínfimo monto de dinero que apenas alcanzaba para la pensión, comer, y – con mucho esfuerzo – ir pagando el parto en cuotitas, en una clínica privada, aterrorizada como estaba por varios casos de robo de bebés que habían ocurrido en los hospitales públicos de la provincia de Corrientes. Lejos de mi familia, en una región que a mediados de los noventa ya empezaba a sufrir las consecuencias del despojo de la Patria, la situación era bastante difícil. Mi panza y yo. Nadie ni nada más.

Ayer estaba en la Plaza, escuchando a mi Presidenta. Un discurso impecable, conceptual, contundente en las cifras y en lo político. Estaba ahí, unida por el cable de unos auriculares y algunas cosas más a mi hombre, que tal vez comprendió esa instantánea humedad en mis ojos y el corazón que se detenía cuando escuché a Cristina decir que se ampliaba la Asignación Universal por Hijo a las embarazadas, a partir del tercer mes de gestación. Y que esto incluía el Plan Nacer, con controles médicos a las madres y a los bebés, para que no se mueran, para que estén sanos.

No fue la razón, fue un golpe al centro del pecho lo que me llevó a aquella situación de desolación, en aquel rincón de la Patria donde yo miraba mi panza diciendo “Somos vos y yo contra el mundo”. En esos tiempos una estaba sola. Con amigos y conocidos, sí, que estuvieron, que ayudaron. Pero en el fondo, cuando no hay ni un padre ni un Estado, la soledad es absoluta, el desamparo es total. Y se nota más cuando hay que comprar pañales y la billetera es una lágrima. Y cuando la bebé llora en medio de la madrugada y una, madre primeriza que no sabe que llora de hambre nomás porque todavía no te bajó la leche, cuenta las monedas para tomar un remís hasta la clínica. Y cuando – imposibilitada ya la supervivencia- una debe hacer el avío y volver a Buenos Aires, con un sentimiento de derrota que sabe que va a superar pero muerde, muerde.
Ayer mi Presidenta les dijo, a todas las mujeres embarazadas de mi país, que no están solas. Y yo las envidié, que quieren que les diga. Me hubiera gustado sentir el cobijo de algo más que la aridez de la cama en que me acurrucaba en esas horas. Con marido o sin él, un embarazo es más tranquilo cuando una sabe que el Estado se hace cargo, se ocupa. El Estado las protege, a ellas y a sus hijos, como no me protegió a mi ni a tantas, tantas otras.
El Estado, en la voz de mi Presidenta, restauró ayer el valor de una palabra ausente por tantos años: AMPARO.
Así, así, es cómo se vuelve a construir una Patria.
He dicho.
Roxana Balsarini
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