Announcement: ¿Un mundo perfecto?

Las despedidas suelen resultar contradictorias. Tocan el corazón del núcleo familiar, que a veces  prefiere la intimidad para enojarse, despedirse y cuestionar a la muerte; pero también ciertas circunstancias obligan a compartir ese momento nunca deseado con allegados, amigos, simpatizantes políticos y, en pocas oportunidades: el pueblo.

Lo cierto es que las figuras públicas trascienden las fronteras de lo privado y en algunos casos tocan la sensibilidad de un heterogéneo campo de grupos sociales o, simplemente, mujeres y hombres impactados. Pasa habitualmente con artistas y pocas con políticos.

Un año atrás ocurrió tal vez el hecho más significativo desde el retorno a la democracia.  Un movimiento de masas autoconvocado se acercó a la Casa Rosada para despedir a Néstor Carlos Kirchner. Ese acontecimiento recuperó para la tradición política argentina la espontaneidad expresiva una corporalidad única, irreversible e irrepetible, que caracteriza al peronismo desde su emplazamiento un 17 de octubre de 1945.

El “hecho maldito del país burgués”, como señalara el intelectual de izquierda peronista John William Cooke, tiene esas cosas. Es imprevisible, polifacético, genera amores y odios; pero en su continuidad histórica siempre ha mantenido una línea de conducta: la inclusión y la justicia social.

Un día después y a un año calendario de ese momento que mostró en una generación adolescente la necesidad de recuperar la calle, son necesarias algunas reflexiones para quienes transitan por el indolente oficio periodístico que se pretende científico y no lleva sangre en las venas.

Las mañanas no son bellas porque lo diga un doctor devenido en periodista, sino porque las transformaciones profundas son las que sientan las bases subterráneas de un poder que no es enfermo como se pretende señalar, sino una construcción  diaria, relacional, compleja, y en algunos casos amarga.

A los hombres guiados por sus ideas, como ocurrió con Néstor Kirchner (entre otras figuras que marcarán la historia y presente argentino), los problemas del cuerpo les resultaban esquivos, menores e incluso ridículos.

Este 27, por la plaza de Mayo circularon variadas de expresiones partidarias y agrupaciones de diversas vertientes. Se escuchó desde el escenario un claro desafío, que no es otro que el de una construcción venidera ajena a las formas intolerantes preferidas las corporaciones y facciones partidarias, con dirigentes restauradores de regímenes anteriores que insisten generar golpes institucionales secos (ya no militares).

También que de esta conformación policlasista no surgirá un mundo perfecto (sería muy aburrido), sino la búsqueda de salidas concretas y consensuadas.

La clave seguramente está no sólo en corregir y encauzar dentro de los márgenes de una actualidad cambiante y compleja, cuáles son las necesidades básicas a cubrir y metas por alcanzar. También la de asumir desafíos a largo plazo. Siempre son años difíciles los venideros. Aunque un poco mejores luego de las sentencias de la Megacausa ESMA, entre otros cambios ocurridos tras la crisis de 2001 y la reconstrucción del país desde 2003.

Al  periodismo científico hay que responderle con más periodismo utópico. Ese, comprometido con la realidad, y que no se agota en la vanidad de unos pocos que buscan en su mundo perfecto comprar gatos azules o vender espejitos de colores como lo hicieron Pizarro y sus adelantados.

Lo maravilloso para este periodismo utópico es que hoy puede transmitir en sus crónicas hechos vinculados a un imaginario de pibes cargados de ideología, banderas y un compromiso diario con la realidad que entra al terreno de la política con pasión y sin violencia. Un aprendizaje superador de los conflictivos setenta.

Escrita por el compañero Federico Corbière

Las despedidas suelen resultar contradictorias. Tocan el corazón del núcleo familiar, que a veces prefiere la intimidad para enojarse, despedirse y cuestionar a la muerte; pero también ciertas circunstancias obligan a compartir ese momento nunca deseado con allegados, amigos, simpatizantes políticos y, en pocas oportunidades: el pueblo.

Lo cierto es que las figuras públicas trascienden las fronteras de lo privado y en algunos casos tocan la sensibilidad de un heterogéneo campo de grupos sociales o, simplemente, mujeres y hombres impactados. Pasa habitualmente con artistas y pocas con políticos.

Un año atrás ocurrió tal vez el hecho más significativo desde el retorno a la democracia. Un movimiento de masas autoconvocado se acercó a la Casa Rosada para despedir a Néstor Carlos Kirchner. Ese acontecimiento recuperó para la tradición política argentina la espontaneidad expresiva una corporalidad única, irreversible e irrepetible, que caracteriza al peronismo desde su emplazamiento un 17 de octubre de 1945.

El “hecho maldito del país burgués”, como señalara el intelectual de izquierda peronista John William Cooke, tiene esas cosas. Es imprevisible, polifacético, genera amores y odios; pero en su continuidad histórica siempre ha mantenido una línea de conducta: la inclusión y la justicia social.

Un día después y a un año calendario de ese momento que mostró en una generación adolescente la necesidad de recuperar la calle, son necesarias algunas reflexiones para quienes transitan por el indolente oficio periodístico que se pretende científico y no lleva sangre en las venas.

Las mañanas no son bellas porque lo diga un doctor devenido en periodista, sino porque las transformaciones profundas son las que sientan las bases subterráneas de un poder que no es enfermo como se pretende señalar, sino una construcción diaria, relacional, compleja, y en algunos casos amarga.

A los hombres guiados por sus ideas, como ocurrió con Néstor Kirchner (entre otras figuras que marcarán la historia y presente argentino), los problemas del cuerpo les resultaban esquivos, menores e incluso ridículos.

Este 27, por la plaza de Mayo circularon variadas de expresiones partidarias y agrupaciones de diversas vertientes. Se escuchó desde el escenario un claro desafío, que no es otro que el de una construcción venidera ajena a las formas intolerantes preferidas las corporaciones y facciones partidarias, con dirigentes restauradores de regímenes anteriores que insisten generar golpes institucionales secos (ya no militares).

También que de esta conformación policlasista no surgirá un mundo perfecto (sería muy aburrido), sino la búsqueda de salidas concretas y consensuadas.

La clave seguramente está no sólo en corregir y encauzar dentro de los márgenes de una actualidad cambiante y compleja, cuáles son las necesidades básicas a cubrir y metas por alcanzar. También la de asumir desafíos a largo plazo. Siempre son años difíciles los venideros. Aunque un poco mejores luego de las sentencias de la Megacausa ESMA, entre otros cambios ocurridos tras la crisis de 2001 y la reconstrucción del país desde 2003.

Al periodismo científico hay que responderle con más periodismo utópico. Ese, comprometido con la realidad, y que no se agota en la vanidad de unos pocos que buscan en su mundo perfecto comprar gatos azules o vender espejitos de colores como lo hicieron Pizarro y sus adelantados.

Lo maravilloso para este periodismo utópico es que hoy puede transmitir en sus crónicas hechos vinculados a un imaginario de pibes cargados de ideología, banderas y un compromiso diario con la realidad que entra al terreno de la política con pasión y sin violencia. Un aprendizaje superador de los conflictivos setenta.

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